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Me llamo Wilhelm, de la casa de Gerich. Estas son mis últimas palabras, mi confesión y mi testamento. Hace dos años me convocaron en el castillo Brennenburg. Como la mayor parte de los aristócratas, tenía curiosidad por saber lo que este supuesto caballero de la Orden quería de mí y acepte la invitación. El barón era cordial y me hizo una propuesta.

Me pareció que la naturaleza del contrato era infame y que el motivo que me eligiera era por las locuras que hice en el pasado y no por los honores con los que he sido recompensado durante mi carrera como soldado. Debía secuestrar a seres humanos sanos a su más leve antojo y hacerlo sin hacer preguntas. A cambio el me avalaría en la corte real, para que ascendiera en la sociedad noble. Me gustaría alegar que me costó tomar una decisión, pero lo hice rápidamente y acepte sin reservas.

Desde ese día, he traído hombres, mujeres y niños a Brennenburg. No puedo recordar cuantos, pero fueron muchos, quizá incluso. Nunca más se volvió a saber nada de ellos.

Esta noche, el barón nos invitó a mí y a mis hombres a bajar a la bodega para celebrar nuestro trabajo. Tenía mis sospechas mientras descendíamos las escaleras, pero el insistió y se unió a nosotros en un brindis. El vino tenia buen sabor y mis hombres bebieron sin moderación.

Ahora empieza el castigo por nuestros pecados. El barón nos ha encerrado y ha vuelto arriba. Perdónenme por lo que he hecho. Fui débil y caí en sus diabólicas artes. Mis hombres gritas, sus propios huesos enmarañados les han rasgado la piel. Siento como se me revuelve el estómago al pensar en la naturaleza que Dios les ha dado. La sangre ha empezado a manar de mis ojos y ya no puedo...